Para muchas familias migrantes, escuchar que sus hijos han comenzado a perder el acento de su país de origen genera inquietud, nostalgia y, a veces, temor. “Ya no habla como nosotros”, suelen decir, en tono medio de sorpresa, medio de tristeza. ¿Es esto una señal de que están perdiendo sus raíces? ¿Debemos preocuparnos?
Especialistas explican que el cambio en la forma de hablar es parte natural del proceso de integración lingüística, especialmente en la infancia. “El acento no es solo una marca identitaria, también es una herramienta de pertenencia”, señala la lingüista y pedagoga migratoria Catalina Luján. “Los niños tienden a adaptar su habla al entorno para hacer amistades y sentirse parte del grupo”.
En ese sentido, perder el acento no tiene por qué verse como una traición a las raíces, sino como una estrategia de adaptación. El problema surge, advierte Luján, “cuando esta adaptación no es libre, sino inducida por una presión social o institucional que desvaloriza lo diverso y promueve un modelo único de identidad cultural y lingüística. Ahí ya no hablamos de integración, sino de asimilación, y eso sí puede tener consecuencias emocionales y culturales profundas”.
Por eso, es importante que las familias comprendan que el desarrollo de una identidad intercultural es un proceso dinámico y saludable. En vez de forzar a los hijos a mantener un acento que no se ajusta a su entorno, el foco debe estar en fortalecer el vínculo emocional y cultural con su país de origen, al tiempo que se sienten parte plena del país de acogida.
Recomendaciones para los padres y familiares:
Valida sus emociones y elecciones lingüísticas, sin culpas ni imposiciones.
Fomenta espacios de conexión cultural, como hablar en casa con acento y expresiones del país de origen o celebrar fiestas típicas.
Evita ridiculizar o corregir su forma de hablar, ya que eso puede generar vergüenza o rechazo a sus raíces.
Involúcralos en actividades que valoren la diversidad, como encuentros comunitarios.
Recuerda que no se trata de elegir entre un mundo u otro, sino de habitar ambos.
Editorial